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jueves, 20 de noviembre de 2014

Alimentando al monstruo.

El Futsal de Argentina se encuentra envuelto en negociados y corrupción.  Sin reglamentación y con clubes chicos al borde de la quiebra, el deporte amateur tiene un futuro incierto.

Por Lucas Tobio



Hoy en día, los peces grandes se comen a los chicos. En esto se ha convertido el Futsal en Argentina. Se cumple la Ley de la Selva: el más fuerte sobrevive por encima de los débiles. Con una dirigencia de AFA ausente. Y sin reglamentaciones claras.

El Futsal parece un deporte amateur como cualquier otro. El jugador disfruta de sensaciones que no son influenciadas por un capital económico. Es un fútbol de salón en el que juegan cinco contra cinco.
Clubes y dirigentes poderosos. Otros pequeños que se esfuerzan y ponen el pecho para llevar adelante la actividad. Todos sacan provecho de la ausencia de reglamentaciones mediante negocios que no tienen registro alguno.

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Germán Álvarez tiene 27 años. Es ex jugador de Futsal y actual Técnico y Preparador Físico aunque en estos momentos no trabaja en ningún club.
-Los clubes de barrio son el corazón del Futsal porque son mayoría y lo fueron siempre. Hacen lo mejor que pueden y tienen una función social muy importante por la educación que se le puede dar a los chicos dentro de un deporte.- dice Germán Álvarez.

Los clubes de barrio son asociaciones invitadas a participar de la liga de Futsal sin estar previamente incorporados a la AFA por formar parte de la liga de cancha de once. Estos clubes están muy necesitados. La mayoría sobrevive, en parte, con lo que les cobra a sus jugadores de las inferiores. Otro poco, mediante las cuotas sociales y las entradas de los partidos. Además, a veces hacen rifas para juntar unos pesos. La balanza es complicada. Las categorías de primera y tercera por lo general no pagan. A eso, se suman los gastos de alquiler de las canchas. La luz, los cuerpos técnicos, camisetas, pelotas, conos. Todo suma. Todos son gastos.
-La balanza siempre es negativa. Lo que ganaste la jornada del partido, lo gastaste ahí mismo. La plata para cubrir los demás gastos sale de la cuota. Y hay que cobrar las cuotas. A veces están atrasadas dos meses, tres meses. Hay que correr a los padres. Es realmente complicado.- expresa Germán.

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El Club Bomberos Voluntarios de La Matanza es un club del barrio de Ramos Mejía, en la provincia de Buenos Aires. Está en la división más baja del torneo de la AFA. Patricia Villanueva es una dirigente de ese club y analiza la situación de una entidad en formación con números.
-El manejo de dinero es muy con lo justo. Tenés que vender al menos cien entradas para cubrir los gastos que son alrededor de tres mil pesos. Si hay un sponsor, colabora, pero la mayoría de las veces somos nosotros mismos los que ponemos la plata.-
El sponsor es una persona o empresa patrocinadora que se encarga de pagar los gastos de la actividad con fines publicitarios y comerciales. Aunque conseguir sponsor se dificulta debido a la poca difusión.

En los clubes invitados no hay una infraestructura. No tienen comisión. Siempre hay tres o cuatro personas que están detrás de toda la actividad. Siempre las mismas. Ponen tiempo y recursos, pero no tienen beneficios. Salvo ver jugar a los pibes el domingo. Es tiempo que se va por amor al deporte. Es más a pulmón que otra cosa, coinciden los dirigentes de los clubes chicos.
-Acá al club no le interesa el Futsal. Nosotros estamos usando el club para tener la actividad pero al club solo le interesa que paguen la cuota social y la cuota de la actividad que se quedan en el club. La plata que obtenemos nosotros para mantener la actividad es de la venta de entradas en los partidos de locales y a veces hacemos rifas o aportan algunos padres que colaboran con dinero.- marca Patricia.

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Hoy por hoy, hay un solo programa que da Futsal en un canal de cable y se emite una vez a la semana. No hay radios que hablen constantemente del deporte y los dos medios gráficos que hay son de distribución en los estadios. Recién ahora, la AFA firmó un contrato con una empresa para que actualice los contenidos Web.

-Entrabas a la página de AFA y todavía estaban las noticias del último mundial que había sido hace dos años como la noticia más actualizada.- ejemplifica Germán.

En Brasil y en países como España e Italia, el Futsal está profesionalizado. Los partidos de estas ligas, las más importantes del mundo en este deporte, son transmitidos por televisión y sus derechos de transmisión pertenecen a distintos canales locales e internacionales. Aunque en realidad, las ligas Europeas y de Brasil funcionan como membresías. La liga vende los 19 cupos de primera y son empresas que ponen la plata y compran la plaza.

-Desde la AFA no le dan el debido lugar a la actividad por lo cual no se puede profesionalizar. En AFA hay como una rivalidad entre lo que es cancha de once y Futsal. Cuando debería ser una base de la otra.- detallaba Patricia.

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Entre los años 1995 y 2004 se televisaron algunos partidos organizados por la AFA que estuvieron a cargo de Osvaldo Yankillevich, uno de los periodistas más antiguos ligados al Futsal, quien tenía un contacto frecuente con el recientemente fallecido ex Presidente de la institución, Julio Grondona.

Yankillevich recuerda que en aquellos años discutía con Grondona sobre los clubes invitados. Cada vez más, se sumaban a la actividad del Futsal de AFA y tenían el inconveniente de no tener gimnasios reglamentarios de 18 por 34 metros. Una medida muy exigida por la FIFA.

Grondona estaba en desacuerdo con que el Futsal tuviese tantos equipos, cuestión que manifestaba constantemente a sus dirigentes y periodistas allegados y ligados con la actividad.

-El futuro de la mayoría de los clubes invitados es ir desapareciendo del escenario de Futsal de AFA. Las razones son diversas pero la principal es no tener cancha reglamentaria y a un futuro inmediato se va a ir restringiendo el alquiler de canchas.- comentaba Osvaldo.

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Elio Giupponi es jugador de Futsal desde el 2003. Al principio no se percataba de los costos que había en este deporte. Para él, su sueño era poder jugar. Algunas veces ayudaba vendiendo entradas y hasta poniendo plata de su bolsillo para poder colaborar con lo que amaba.

Hoy en día tiene 28 años y ha pasado por varios clubes. Ha tenido muchos inconvenientes para poder participar en varios, ya que debieron pagar entre 1.500 y 15.000 pesos por su pase, del cual se adueñaban distintos dirigentes y técnicos del club anterior en el cual se desempeñaba.
–Muchas veces ves que hay un interés de sacar un rédito económico que no es muy justificado. Hay veces que jugadores terminan estando colgados un año o dos años sin jugar, por no darles el pase o tener problemas con el pase de no poder poner la plata que piden. A mi me ha pasado que me han dicho, vos de acá no te vas si no ponés cinco mil pesos de plata.- cuenta Germán Álvarez.
El club que ficha al futbolista es dueño de su pase y a partir de la firma del presidente de la institución propietaria, puede autorizar al jugador a participar oficialmente en otro club. Sin embargo, este deporte aún continúa siendo amateur, por lo que esta transacción no debe llevar ningún monto de dinero de por medio.

-Si en un club de barrio formas a un pibe que sale del club y esa plata queda en la actividad me parece bien porque hace falta.- reconoce Patricia, la dirigente del club Bomberos de la Matanza.

-Si vos me decís que ese jugador es del club desde la octava división y realmente el club puede decir, yo quiero reclamar mis derechos formativos y además yo le pago un sueldo. Es correcto que ese club diga yo lo vendo o arreglar un préstamo a cambio de un dinero.- opina Germán Álvarez.

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Hoy, el Futsal argentino vaga sin rumbo por caminos ocultos. Todos intentan sacar ventajas para su beneficio y muchos se esfuerzan en llevar adelante una disciplina que exige numerosos sacrificios.

Dirigentes y jugadores que apuestan a esta actividad, luchan conjuntamente para armar y consolidar este deporte y llevarlo hacia un futuro alentador pero incierto. Buscan salir a la luz y convertir el monstruo que se oculta en este deporte, en un príncipe.


Grito de identidad




Por Nicolás Blasotta



Prefirió entrar sin que nadie la acompañara. Dijo que los bebés nacen solos y que ella iba a hacer lo mismo. Era un 17 de Marzo del año 2014. Le hubiera gustado que fuera el mismo día pero del mes de octubre.
Se vistió de blanco. Como una novia o una nena que va a tomar la comunión. Aunque en verdad lo que quería era confirmarse. Estaba sostenida sobre unos zapatos blancos con taco que le agregaban diez centímetros más, a su ya de por sí, estirada humanidad. El pelo negro lacio lo dominaba con una cola de caballo y escondía sus ojos verdes detrás de unos enormes lentes tornasolados de doble marco.
Junto a las chicas había estado una semana buscando el atuendo perfecto para ingresar al registro civil. Estaba nerviosa. Dudó. “Sentí que me moría”, diría después.
Sí, notó las miradas.
Quería ser vista, que cada uno de los que la rodeaba, tomara nota de la mujer que tenían delante. Ella, el faro de luz blanca en medio de ese sucucho oscuro donde la burocracia abría la boca, hoy exudaba libertad.
- ¿Cómo te querés llamar? - la pregunta la sacudió.
La jueza la miraba desde arriba. Y eso que era más bajita.
- Iara. Iara como mi abuela.
Su voz sonó mas ronca de lo que esperaba. Buscaba su tono. Volvió a sonreír. Su nombre fue su primera palabra. La jueza hizo acotaciones. Ahora, era un ser puro. Recién nacido. Tenía el alma limpia. “Muchas gracias”, le dijo y le apretó la mano. Suave y delicada.
Las lágrimas se le escapaban y las piernas le temblaban. Respiró hondo y buscó la salida. Los bombos y el papel picado la esperaban. Contra su pecho, el documento. Cuando llegó a la puerta y vio la luz, sus compañeras la miraron expectantes. Ella sonrió y elevó el pequeño trofeo celeste.
Ahí sí. La calle estalló en ruidos de bombos y cornetas. De aplausos y gritos. De arroz y papel picado.
La celebraban a ella, que había ingresado como Rubén y había salido como Iara.
Iara de ojos verdes.

***

La veo llegar al bar antes de que atraviese la puerta. Es una mañana atípica de invierno en Buenos Aires. El sol hace salir a la fauna porteña que busca copar cada espacio de Plaza Serrano. Ella camina como si llevara la primavera en la mano. Se sienta delante de mí con una sonrisa en los labios. Su cara está perfectamente maquillada. Después me dirá que lo aprendió durante sus años turbios. Pero ahora me sonríe. Recién cuando el mozo toma el pedido, se quita los grandes lentes oscuros y veo sus ojos verdes. “Son de contacto”, me confiesa. Pero no por eso menos propios.

- Perdón, pasa que ayer tuve show.

Iara se dedica a realizar “performances” en varios boliches de la zona. Conoce la noche porteña. Dice que esto que hace no es nada comparado a “lo otro”. No durmió. Se le notan sus ojos cansados. Varias veces toca la pared revestida en madera cuando habla de su trabajo. Cabulera y acérrima seguidora de Gilda, me explica que nunca hay que tocar nada con patas. Por eso da pequeños golpecitos a la pared. Para que la buena racha no se corte. El mozo llega. Pido un cortado y ella té con limón. Además de bailar, canta y se está cuidando la voz. Es que Iara se hace oír. Sus ojos verdes se encienden a la primera pregunta.

-Para mí es una década ganada. Hay mucho ruido con eso pero hace diez años era impensado lo que está ocurriendo en el país. ¿Quién iba decir que yo iba poder casarme, tener hijos? ¿Qué yo iba poder ser yo?

Se la nota desafiante. Saca su documento de identidad. Nuevo. Reluciente. Lo guarda dentro de una bolsita plástica para que no se arruine. Es su tesoro. Iara Ortiz. Miro su foto y apenas si quedan rastros de la persona que fue. Es que Iara nació Rubén. Rubén de ojos marrones.


Hija de un albañil. Rubén se descubrió Iara de muy chica. Lo supo siempre. Para ella era instintivo agarrar la ropa y las muñecas de sus tres hermanas y jugar toda la tarde. Por un tiempo fue divertido. Pero cuando llegó a primer grado tanto la familia como los compañeros de clase comenzaron a preocuparse. Para ella era natural pero lo entendió: su vida tenía que ser un secreto, que escondió en una caja de zapatos en el fondo del placard. Ahí guardaba su muñeca de trapo, aros con broche y un labial de color rosa que usaba a escondidas en el espejo del baño cuando nadie la veía.
Hasta ese martes de septiembre donde su padre la encontró probándose ropa íntima de mujer.

-Nunca nadie me golpeó tan fuerte. Y mirá que me fajaron, eh.

Lo cuenta entre risas, como si el tiempo lo hubiera transformado en algo anecdótico. La tristeza se le nota en sus ojos verdes. No quiere saber nada de Rubén. Rubén murió ese día, cuando su padre la echó a patadas semidesnuda a la calle.

-No sé cómo hice. Creo que dormí en la estación del tren. Ahí fue la primera vez que me acosté con un tipo por dinero. Por diez pesos. Me compré una coca y un alfajor.

Fue su primera vez, pero no la última. Conoció a Jesús, el dueño de la cuadra y de su cuerpo durante algunos años. Antes de subir al escenario, sus tacos se gastaron esperando la llegada del próximo cliente.

***
Camino por avenidas principales llenas de gente y bullicio. Mi alrededor se transforma en algo más rústico, de campo. Buenos Aires se torna ese límite gris donde abundan calles de tierra, casas de chapa y rutas de paso.
Viajar desde la Capital hasta el extremo oeste de la provincia es como transitar a la inversa el camino amarillo de Oz. Los Polvorines tiene ese no sé qué, que te lleva a correr antes de que se ponga el sol. Tal vez son sus calles mal asfaltadas, o las cortadas de barro y zanja o los ojos curiosos que te miran desde varias esquinas como calibrando tu peso en oro.
Sigo hasta encontrar la cortada que busco. Es de tierra y polvo. Intento imaginarla treinta años atrás. La sensación de barrio me acaricia. Nada cambia. Todo sigue igual. Busco el número. San Martín 648. Es una casa de paredes blancas y techo de chapa verde profundo. Entre la puerta principal y la metálica hay un jardín cuidado. Varios duendes de cerámica me clavan la mirada.
No soy bienvenido.
Clap clap clap
Mis palmas rompen el silencio de la tarde.
Clap clap clap
Insisto con  blasfemia. Ni los perros ladran. Todos duermen. Es un barrio, es domingo. La siesta es un hecho. Miro el reloj. Son casi las tres de la tarde.
Cuando estoy por levantar las manos para un tercer encuentro con el silencio, una rendija se abre. Un par de ojos me miran desconfiados de arriba a abajo. Entonces, la puerta se abre y una mujer sale a mi encuentro. Su cuerpo robusto cubre otros dos que se asoman a un costado. De pronto me encuentro un cuerpo con tres cabezas. Pregunto por Iara. Seis ojos me miran inexpresivos. De Rubén no hablan, dicen. Rubén está muerto.
Me cierran la puerta.
¡Blam! Andate.
Me quedo con el sonido vacío del rechazo reverberando en mis oídos. Me detiene un chistido. Al principio pienso que es una cigarra. Son las tres de la tarde y es primavera en la Provincia de Buenos Aires. Busco el origen y me encuentro con una mujer que me hace señas para que me acerque en silencio. Está en diagonal a la casa de esa mujer de tres cabezas.

- Son tres brujas. Nadie las quiere.

Se llama Bety. Sus dos ojitos negros se mueven vivaces de un lado al otro detrás de unos lentes de media luna. Debe rondar los sesenta y cinco años pero parece tener más. Me deja entrar a su casa y me ofrece un té. Parece la vivienda de un enano. Prepara dos tazas. Salpica la suya con lo que creo es vodka. Me ofrece y lo rechazo. Empieza a hablar.
Eran las cinco de la tarde de un martes, me cuenta. También era primavera cuando escuchó los gritos. Todo el barrio los escuchó. Ahí vieron a Osvaldo con el cinturón tan desencajado como su cara. Puto, gritaba y bajaba la mano. Puto, volvía a gritar y la subía de nuevo. Yo te voy a dar vestirte de mujer. Puto. Iara lloraba, buscaba atajar los golpes y agarrar la poca ropa que tenía puesta. Clamaba, suplicaba, pedía perdón. No papá. Osvaldo calmate. No atendía. Osvaldo seguía subiendo y bajando la mano con ese látigo casero. La hebilla siempre por delante, para que aprendiera. Puto, le escupía como si pudiera exorcizar la imagen de su único hijo varón frente al espejo del baño jugando a ser la Barbie que no tenía. En sus manos de nena Iara llevaba la peluca que sus hermanas le habían conseguido de un cotillón. Era rubia. Como el pelo de Susana. Sus hermanas amaban a la Su. Era todo un juego. Puto, resonó en su cabeza.
Pero, el juego había terminado.
Bety me mostró una foto. Dijo que la tenía guardada desde entonces, por si alguna vez  Rubén volvía. Era una foto de la familia. Sus tres hermanas sonreían, Rubén aparentaba. Tenía la sonrisa aprendida casi de memoria. Su padre, Osvaldo, apoyaba su mano -pesada y curtida a cal y arena- en su hombro. La corbata le apretaba el cuello. La camisa lo hacía sentir ahogado y el saco le daba calor. Nadie lo nota. Pero un hilo de sudor le cae por la frente. Es la historia de Rubén. Nadie nota a Rubén.
Salvo sus hermanas.

***

-¡Pisen fuerte chicas!

La que grita es Marita. Iara responde mostrándole el DNI. Marita ve en ella su futuro. Tal vez pueda dejar la calle y ser la peluquera que siempre soñó. Iara ingresó este año a la Universidad de las Madres. Cuando lo cuenta no puede evitar llorar.
Se juntaron todas en la unidad básica, ubicada a pocos metros del centro de San Justo. Es apenas un local con vista a la calle donde faltan paredes pero sobran posters. Fotos de Perón, Evita, y Kirchner en su versión del Eternauta ocupan un lugar privilegiado. La fiesta empieza dentro de dos horas y la marcha es larga. Cuando llegan, la plaza de mayo las recibe de nuevo como una vieja amante. Con cada paso que dan resuena en la plaza la historia de la que ahora son bandera. Puto le gritó su padre. Puto le gritó Jesús. Puto le gritó el mundo.
Puto y Peronista les escupió ella de vuelta.
Los Putos Peronistas reivindican al puto de barrio, al invisible, al indeseable. Con ellos marcha Iara, con las pantaloneras, las costureras y las travestis de silicona barata. Con cada paso reivindican y transforman al puto en otra cosa. Ya no es un insulto. Ya no es un menosprecio. Es un orgullo. Es bandera. Es identidad. Es grito de guerra. Un grito que surgió en La Matanza, allá por el 68 con el Frente de Liberación Homosexual.

-¡Pisen con fuerza! ¡Esta plaza es nuestra!

La que grita ahora es Iara. El bombo le hace caso y redobla el esfuerzo. Las chicas braman y una docena de tacones se funden en el piso haciendo temblar los vidrios de la Casa Rosada. Buscan que las escuchen. Buscan ser parte de la historia.
Iara sabe que ya lo son.  
Conoce a cada una de ellas. Son sus hermanas. Matices más, matices menos, ayer todas vivieron escondidas dentro de una caja de zapatos en el fondo de un placard. Nunca más.
Hoy están juntas, unidas, son militantes. Un ejército.
Hoy finalmente son.
Y todas tienen voz.